viernes, 11 de diciembre de 2015

Consideraciones preliminares para el nuevo ciclo político

Decíamos en la entrada anterior que, aunque el ballotage muestra un país dividido en mitades (51% a 49%), en rigor la mejor foto política a nivel nacional fue la que arrojaron las elecciones del 25 de octubre. Esos comicios tradujeron una configuración electoral dividida en tres tercios (hipótesis desarrollada varias veces en estos años en este blog): un tercio netamente opositor o antikirchnerista (el 34% obtenido por Mauricio Macri el 25-O), un tercio (en rigor, un poco más) favorable al oficialismo (el 37% obtenido por Daniel Scioli el 25-O) y otro tercio (algo menos, en rigor un 29%) que se mantuvo equidistante de ambos polos en las primarias de agosto y las generales de octubre, hasta que la polarización forzada por el ballotage los obligó a optar entre Macri y Scioli, produciendo así el resultado del 51,34% a 48,66% que vimos en segunda vuelta. 

Decíamos asimismo que esos electores se caracterizaban por una orientación política muy pragmática, que surgía con nitidez de los estudios cualitativos realizados a lo largo de 2015 en la consultora Delfos. A lo ya expuesto en la entrada anterior, podríamos agregar algunos otros datos clave: muchos de esos electores habían votado al FPV en las presidenciales del 2011 (de ahí que Cristina Fernández llegó al 54% en aquellos comicios) y en otras elecciones ejecutivas recientes habían votado a los oficialismos locales o provinciales. El dato sobresaliente es que en las últimas elecciones de gobernador o intendente, la mitad de estos electores terminó eligiendo a candidatos de los respectivos oficialismos de cada distrito, precisamente porque el temor a lo que podía venir proyectaba una posición conservadora en busca de certezas. 

Como vemos, este patrón de comportamiento ya prefiguraba que la elección del 22-N sería reñida y pareja, al contrario de lo que sugerían las encuestas que mostraban una brecha relativamente amplia a favor del vencedor. También es consistente con el hecho de que en la mayoría de los comicios de este año, a nivel general, hubo más continuidad que cambio político (o alternancia de signo partidario gobernante). Una de las sensaciones que describe a este colectivo se puede sintetizar en la frase “es mucho lo que se arriesga”. Esto es, si bien están atravesados por una actitud de descreimiento y preocupados ante la situación actual, la mitad de estos electores valoran logros del kirchnerismo y casi todos coinciden en que la vía para mejorar el país debe transitar por el camino de la apuesta a la educación, la salud, la infraestructura y los servicios del país, y que el gobierno entrante debería sanar heridas y priorizar las coincidencias.  

Este plexo cuali-cuantitativo, insistimos, es el que debemos tener como referencia a la hora de analizar la transición del poder presidencial entre Cristina Fernández de Kirchner y Mauricio Macri, porque la foto del ballotage es un tanto engañosa: no hay un 51% de antikirchnerismo ni de macrismo, pero tampoco un 49% de kirchnerismo o cristinismo, sino tres tercios, uno anti-K, uno K y un tercero que es “ni-ni”. De esto se desprende que, tanto para el balance del gobierno que se va como para la evaluación de las primeras semanas y meses del gobierno que comenzó ayer gravitan no sólo las percepciones y actitudes políticas de los dos tercios convencidos (por un parte, el tercio que tiene un diagnóstico decididamente negativo del ciclo kirchnerista y una alta expectativa en Macri; por otro, el tercio que tiene un diagnóstico decididamente favorable del ciclo K y bajas o nulas expectativas en Macri). Lo que realmente inclinará la balanza (y el balance) será la opinión de ese tercer tercio no espontáneamente polarizado. 

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