viernes, 21 de septiembre de 2012

Caceroleando por un sueño (2)


En la entrada anterior planteábamos la discusión de si podíamos estar asistiendo a un fenómeno de espiralización ascendente del descontento con el gobierno (y como efecto concomitante, de espiralización descendente de sus adherentes o defensores). Con prudencia y sin ánimo de hacer futurología (en su clásica obra El oficio de sociólogo, Bourdieu nos advierte contra la tentación del profetismo) seguiremos abordando este tema, repasando opiniones de analistas y haciendo acotaciones por nuestra propia cuenta (y riesgo).

Como veíamos en la entrada anterior, Sergio Berensztein (de Poliarquía) destacaba la fuerza de la protesta y su potencial para alterar la correlación de fuerzas políticas en el terreno de la opinión pública. Profundizando esa apreciación, otros analistas encuentran en el fenómeno la oportunidad para que alumbre un movimiento que aglutine a varios sectores de la sociedad, trascendiendo su inicial extracto de clase media. "Los fenómenos sociales son difíciles de predecir, pero esto es un principio de algo. Hace seis meses era impensable ver una manifestación de este tipo. Y ahora se empiezan a ver síntomas de malestar (…) creo que el motor de este movimiento es el propio Gobierno: en la medida en que siga descalificando y combatiendo a sectores de la sociedad, habrá un clima propicio para que esto crezca",  señaló Alejandro Corbacho, catedrático de Ciencias Políticas en la Ucema.

En cambio, veíamos que para Artemio López (Consultora Equis) el fenómeno tiene escasas posibilidades de escalar, dado que en su opinión no existe un contexto favorable para ello, como sería el caso si hubiera caída del empleo o del consumo. De acuerdo a las tendencias recientes (algunas de las cuales hemos revisado en este blog) eso es cierto: en el peor de los casos, empleo y consumo se encuentran estancados (en el consumo, habrá que esperar a ver cómo cierra el año para verificar si el repunte que se insinuó en agosto se sostiene en el último trimestre del 2012) y si ambas son condiciones sine qua non para esa espiralización adversa, entonces la misma no tendría lugar. Algo parecido plantea el consultor Carlos Fara cuando dice que "el Ejecutivo va a estar tranquilo en la medida en que sienta que no es ‘su público' el que participa de estas protestas. Su apuesta es que, con una recuperación económica en 2013, pueda revertir la actual situación".

¿Pero son realmente condiciones indispensables para el crecimiento del malestar? Las opiniones aquí son encontradas. Según Marcos Novaro, director del Centro de Investigaciones Políticas, "lo que se ha visto ahora es el malhumor del ciudadano de clase media, que ya venía acumulando enojo con el Gobierno. Pero ese malestar aún no se ha canalizado, al menos de manera significativa, hacia otros sectores más bajos de la sociedad".

Estaríamos en este caso en un escenario muy distinto al de la crisis del 2001 y el "Que se vayan todos" (con el que algunos analistas han tratado de comparar la protesta del jueves 13, a partir de la premisa que sería un llamado de atención tanto para el gobierno como la oposición). En esa crisis, la consigna “piquete y cacerola, la lucha es una sola” expresaba una (frágil, momentánea) alianza de clase entre los sectores medios (afectados centralmente por el corralito que detonó el estallido final de la convertibilidad) y los bajos (afectados principalmente por el desempleo generado por la convertibilidad a lo largo de su ciclo). Doce años después, en cambio, la clase media recela de los piquetes, y viceversa, con lo cual esa alianza parece impensable. 

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