viernes, 21 de septiembre de 2012

Caceroleando por un sueño (3)


En la entrada previa discutíamos la línea interpretativa según la cual hoy existiría un límite para el crecimiento del malestar (que traduciría también las limitaciones de una espiralización adversa al gobierno), dado por las condiciones objetivas estructurales del modelo “K”, que (según esta línea interpretativa) en su etapa actual afectaría a la clase media y media alta (con medidas como el cepo cambiario, presión impositiva creciente en un contexto inflacionario, etc.) pero sin erosionar su base de sustentación en los sectores de clase media baja y bajos (beneficiados por la acción social y el sostenimiento del empleo y el consumo básico, entre otras medidas).

Eso reafirmaría la tesis de López respecto de que oficialismo y oposición han constituido electorados estancos, es decir sin vasos comunicantes entre sí: según esta tesis, en términos macro (generales) los caceroleros del jueves 13/9 serían parte del 46% que en octubre de 2011 no votó la reelección de la presidenta, con lo cual las protestas en términos de volumen electoral no aportarían novedad, ya que el oficialismo retendría el 54% que avaló la continuidad (esto a su vez se articula con la discusión sobre la pregnancia que tiene el mensaje de los medios adversos al gobierno, como discutimos en las entrada referidas al “efecto de refuerzo”, tema sobre el que volveremos, dicho sea de paso).

Por nuestra parte, nos sentimos más cerca de la postura de Federico González (de la consultora Opinión Autenticada) que plantea lo que él llama “la teoría de los tres tercios” electorales: un tercio que es muy favorable al kirchnerismo, otro que es decididamente antikirchnerista y un tercio independiente, “que va y viene, y en esa porción el resultado tiende a lo negativo” (sobre este punto, estoy de acuerdo con el carácter volátil de su actitud y conducta, pero me parece prematuro todavía arriesgar un pronóstico sobre cuánto de ese tercio se decanta hacia la desaprobación del gobierno).

Los cambios sociopolíticos de las últimas décadas señalan que existe efectivamente un tercio del electorado que se comporta con alta volatilidad, por lo que el 54% que el oficialismo obtuvo no es un resultado cautivo: se compone de 30% de electores con tendencia favorable al kirchnerismo (y que acompañó con su voto al oficialismo incluso en la peor elección nacional que éste hizo, en las legislativas del 2009); el resto es electorado volátil, que se decantó por CFK en 2011 por una mezcla de factores, pero podría votar por la oposición en otro contexto.  

En el mismo sentido, el analista Rosendo Fraga afirma que “en Argentina, durante los nueve años del kirchnerismo, se reconstituyó una clase media que había sido destruida por la crisis de 2001-2002. Hoy, el 50% de la sociedad argentina entra en los parámetros que caracterizan a la clase media, tanto por sus niveles educativos y culturales, como por su ingreso. No se trata entonces de un grupo minoritario, sino del más grande.  Por eso cuando en octubre del año pasado, la Presidenta fue reelecta con el 54% de los votos, por lo menos uno cada tres de ellos ha provenido de la clase media. El voto de este segmento tiene como característica su independencia y, de acuerdo a ello, puede cambiar. En 2009, la clase media tanto urbana como rural, no votó por el oficialismo, que quedó reducido a un tercio del electorado, en general proveniente de los estratos más populares, históricamente votantes del peronismo. Pero el año pasado, el oficialismo recuperó los votos de la clase media que había perdido, como lo mostró no sólo el alto porcentaje, sino los resultados en varias de las grandes ciudades. La cuestión es que ahora parte de esos votos de clase media se han alejado, y esta protesta lo muestra. La derrota de 2009 y la victoria de 2011 evidencian para el oficialismo lo que  significa tener o no tener la adhesión de la clase media”. Dedicaremos a esta discusión en al menos una entrada más (aunque no necesariamente consecutiva).

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