martes, 2 de febrero de 2016

Una luna de miel en la mano (2)

En el post anterior, veíamos en la primera tanda de encuestas realizadas en el período denominado “luna de miel” del nuevo gobierno un overshooting (sobrereacción) de expectativas positivas: según la consultora Voices, 6 de cada 10 argentinos creían que el año que comienza será mejor que el 2015. En tanto, un estudio de Analogías cifraba en un 60% la aprobación en las primeras semanas de gestión, mientras que prácticamente el mismo porcentaje calificaba como “muy positivo” o “positivo” el desempeño como presidente de Mauricio Macri, de acuerdo a un estudio de OPSM (Opinión Pública, Servicios y Mercados) del consultor Enrique Zuleta Puceiro, a partir de una muestra de 1.200 entrevistas realizadas entre el 15 y el 19 de diciembre pasado en 65 localidades de todo el país. 


Por su parte, Roberto Bacman, de CEOP, aportaba una visión un tanto diferente, en la línea con la matriz que venimos trabajando en este blog en términos del plexo político subyacente: “Mauricio Macri cuenta con un núcleo duro que es el porcentaje que lo apoyó en las PASO, de un 24 o un 25% de la población y algo similar ocurre con el kirchnerismo; el resto de la población se va a ir moviendo en función del impacto que tengan las medidas del gobierno”. La traducción de segmentos políticos cuando Macri cumplía su primer mes al frente del Ejecutivo nacional es la siguiente: un 45,2% de la población argentina se definía como oficialista (esto es, unos 6 puntos menos que el 51,34% de los votos que obtuvo Macri en el ballotage del 22 de noviembre de 2015); un 38,7% se consideraba abiertamente opositor (es decir, 10 puntos menos que lo sumado por el candidato Daniel Scioli el 22-N y en línea con lo obtenido por el FPV en las PASO de agosto y la primera vuelta de octubre). Por otro lado, un 16,1% se autoproclamaba como ni oficialista, ni opositor (intuitivamente, de ese segmento unos 6 puntos se habrían alineado con Macri en la segunda vuelta y unos 10 con Scioli, pero ahora eluden la polarización). 


Una segunda tanda de encuestas más recientes comienza a mostrar matices alineados con lo que apuntaba Bacman y venimos señalando desde el blog como premisas analíticas: lo que definirá las condiciones de posibilidad de consolidación o de desgaste de Macri no será el núcleo duro anti-K ni el K, ambos segmentos muy definidos políticamente a favor de Cambiemos y en contra, respectivamente, sino el segmento intermedio, es decir el “ni-ni”. En esa línea, algunos consultores coinciden en marcar que las medidas económicas y la seguidilla de Decretos de Necesidad y Urgencia (DNU) amenazan con deteriorar el respaldo que hoy tiene Mauricio Macri en la franja que no es macrista pero tampoco es kirchnerista, segmento que abarca alrededor de un 20% de la población (o, hablando con más propiedad, de los electores mayores de 18 años). En una nota publicada recientemente, Bacman evaluó que “en esta Argentina fuertemente dividida, la aprobación de gestión del gobierno nacional se sustenta en el núcleo duro macrista. Sin embargo, pensando a futuro, las opiniones del segmento de los independientes serán sustanciales para el devenir del actual gobierno nacional”.


En este marco, Manuel Mora y Araujo evaluó que el gobierno sigue contando con respaldo, pero que “inflación, tarifas, desempleo son una bomba de tiempo”. Profundizando en esa línea interpretativa, Analía del Franco, de Analogías, apuntó que “hasta mediados de enero un 60% de los consultados era optimista frente al futuro económico del país, lo que implica un voto de confianza al nuevo gobierno, pero este peso desciende a 48 por ciento cuando se trata de evaluar el éxito de las medidas económicas, con un crecimiento de los que rechazan esas medidas y dudan respecto al beneficio que las mismas podrían acarrear a la sociedad”. En síntesis, se advierte un horizonte de agotamiento del plafond inicial con que cuenta inicialmente todo gobierno, compuesto por un cóctel de expectativas y altas dosis de pensamiento desiderativo, en transición hacia una evaluación más cercana al “principio de realidad” que al del deseo, apelando nuevamente a la jerga psicoanalítica. 

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