martes, 29 de noviembre de 2016

De los globos amarillos a la alerta roja (1)


En el pasado mes de julio, escribíamos en este blog: “la coexistencia de una caída de la actividad con una caída del salario real podría hacer eclosionar (es decir, poner de manifiesto) el malestar latente que vemos hoy. Contra la promesa de un segundo semestre positivo, 2016 se clausuraría con un franco escenario de estanflación (estancamiento con inflación, o incluso depresión con inflación). Si nos remontamos a los 12 años de la era K, encontraremos sólo un año en el que hubo caída en ambos indicadores. Fue 2014, con -4,2% en el salario real y -2,6% en el PBI. Los primeros 6 meses de 2016 arrojan -12% en el primer indicador e insinúan -1,3% en el segundo; esto perfila un panorama de malestar aún peor que el riesgo de relativa ‘kicillofización’ para el actual gobierno que algunos analistas marcaron oportunamente”.  En septiembre pasado, actualizábamos: “no habría que sorprenderse si la caída de la actividad de 2016 supera el 1,5%, en la medida en que el riesgo de ´kicillofización´ oportunamente planteado para la economía nacional se está confirmando”. Luego, el Relevamiento de Expectativas del Mercado (REM) de ese mes arrojó -1,7%, lo cual ratificó que nuestros análisis estaban bien encaminados.

Esta auto-referencialidad resulta necesaria para recobrar una perspectiva de contexto general: el 2015, año que se cerró con el cambio de gobierno, también cerró con una economía que, si bien colisionaba con la cíclica restricción externa, había podido apuntalar un crecimiento (2,4% según el actual Indec, magro si se considera que 2014 había cerrado con una contracción de -2,6%), con empleo estable, con sostenimiento del poder adquisitivo promedio del salario y las jubilaciones y amortiguando los efectos de la crisis internacional. Hoy, el panorama del 2016 es peor que el de hace un año (más inflación, más desempleo, mucha más deuda, menor actividad, más déficit, menos consumo, menor poder adquisitivo, menos inversión), y este año también pierde en la comparación con el 2014, puesto que arroja una redistribución del ingreso más regresiva. El segundo semestre prometido se cierra con penas y sin gloria y con la generalidad de las variables macro y socioeconómicas pasando del color amarillo de los globos al rojo de las alertas. 

El 2014 fue un año de malestar socioeconómico (medible en datos reales duros); el 2015, en tanto, combinó dosis de malestar inercial (por efecto arrastre del anterior) con malhumor social (más situado en el terreno de la percepción, que es lo que miden las encuestas), también agitado por una larga campaña electoral. El 2016 está cerrando con malestar socioeconómico neto, similar al del 2014 (o incluso peor en datos reales, aunque, en lo perceptivo está amortiguado por expectativas a futuro, que siguen siendo altas en función del cambio de gobierno). El riesgo que asoma en el horizonte del año electoral para la gestión Cambiemos es que el combustible de las expectativas y el pensamiento desiderativo se está agotando sin que las variables socioeconómicas mejoren: en las últimas semanas, los consultores fueron corrigiendo sus estimaciones apuntando a una caída del PBI para 2016 superior al 2%. Cuanto más se acerque esa caída al -2,6% del 2014, más se confirma la “kicillofización” del primer año de Mauricio Macri en la presidencia, lo cual supone un punto de partida de alto riesgo de cara a las elecciones de medio término del 2017. Repetir un 2,6% de caída no es un número descabellado, como podemos apreciar observando los guarismos del EMAE y del Índice de Actividad General de la consultora de Orlando Ferreres (ver datos arriba; click para agrandar). 

Así, el más reciente Informe de Coyuntura del Centro de Investigación y Formación de la República Argentina de Cifra-CTA apunta que “en el marco del nuevo régimen económico la economía real experimentó una significativa contracción en el nivel de actividad. En los primeros tres trimestres del año la caída en el nivel de actividad económica persiste sin advertirse el punto de inflexión. Pese a una leve recuperación en el mes de agosto en términos mensuales y desestacionalizados, las caídas interanuales siguen siendo significativas en agosto y septiembre. Las perspectivas no son alentadoras, dado que el consumo privado está negativamente condicionado por la caída en el poder adquisitivo de los salarios y la caída de la ocupación. A su vez, no se evidencia una mejora en las oportunidades de inversión en un mercado local en recesión, con apertura externa, apreciación cambiaria y pocas o nulas políticas productivas. En este contexto, el aumento del gasto público ante el escenario electoral del año que viene sólo podrá mitigar dichas tendencias en forma insuficiente”

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