lunes, 7 de noviembre de 2016

El sustrato socioeconómico de las tendencias preelectorales (1)


Habiendo dedicado todos los posts de octubre y los primeros de noviembre al repaso de las tendencias de coyuntura política e intención de voto, resulta pertinente volver al sustrato que les subyace y ver cuáles son los efectos socioeconómicos de base. Esto es, recuperar la premisa central de análisis (explicitada oportunamente por el consultor Carlos Fara): a mediano y largo plazo, los efectos socioeconómicos son los que construyen las tendencias de opinión pública, más allá de los vaivenes de la coyuntura. Veamos:

En primer término, hay que destacar los efectos socioeconómicos de la devaluación. El gobierno subestimó el pass-through, es decir, la transferencia a precios de la devaluación. Como planteó Marcelo Capello, economista-jefe del Ieral, “creyó que iba a ser menor. El dólar a 14-15 pesos no había sido incorporado en todos los alimentos y en ciertas importaciones. La inflación le ganó al salario, por lo que cayó el consumo. Además, se demoraron las inversiones”. Esto generó una inflación mucho más alta que la planteada oficialmente (en el orden del 40% anual, contra el 20% o 25% previsto o prometido). Esto, por supuesto, erosionó el poder adquisitivo de los ingresos y desplomó el consumo; una economía con consumo contraído y sin una inversión que lo sustituya como motor arroja el resultado que estamos viendo hoy: estanflación, esto es, estancamiento económico (o peor aún, recesión/caída) con inflación. 

¿Por qué la recesión no generó una caída sostenible de la inflación? Sólo agosto, y gracias a que la Corte volteó la suba de tarifas para domicilios, mostró una inflación del 0,2%; en septiembre fue del 1,1% (la no aplicación de la suba del gas redujo en 60 centésimas el índice, que hubiera alcanzado a 1,7%) y en octubre las estimaciones superan el 2%. Mary Acosta, economista del Consejo Profesional de Ciencias Económicas (CPCE) lo explicó así: “hasta el año pasado, el impulso al nivel general de precios provenía de una demanda sostenida, en muchos casos fortalecida desde el sector público, que hizo del consumo interno el eje sobre el que se mantenía el nivel de actividad. Por el contrario, a partir de las nuevas medidas, en particular la modificación del tipo de cambio, el proceso mutó a una inflación que se podría llamar de costos”. Para peor, la resultante del proceso es una inflación más fuerte en los alimentos, aquellos que más pesan en la canasta de consumo de los sectores populares, los que terminan siendo los más perjudicados por los aumentos de precios: aunque el Indec destacó que en septiembre la “inflación núcleo” fue de sólo 1%, en alimentos y bebidas trepó 2,3%. 

“La característica de los bienes alimentarios es su inelasticidad relativa a las variaciones de precios, a diferencia de otro tipo de bienes de los cuales los consumidores pueden prescindir de manera temporal. En estos argumentos se pueden encontrar las causas de la resistencia a la desaceleración de los precios en alimentos que parecía haberse alcanzado en los últimos dos meses, pero que, en un contexto de leve mejora en la capacidad de compra por efecto de las paritarias y la actualización de otras transferencias (asignaciones, jubilaciones) y por las características de los perceptores que la destinan casi en su totalidad a los productos básicos de subsistencia, no logra su sostenimiento en el tiempo”, apunta Acosta. En síntesis, con una inflación que se estima estará cerca del 40% y paritarias que cerraron en promedio a un 33% (ver datos arriba; click para agrandar), el primer año de gestión de Cambiemos concluirá indefectiblemente con una pérdida del poder adquisitivo de los trabajadores del orden de 7 puntos porcentuales, que la aplicación de un bono (cuya generalización no está para nada garantizada) está muy lejos de compensar.

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