lunes, 1 de agosto de 2016

De las mediciones a las mediaciones (3)

Citábamos en la entrada previa a Rosendo Fraga: “Resulta claro que la mitad que votó por Mauricio Macri era de clase media y alta, y la mitad que lo hizo por Daniel Scioli, de clase media baja y baja”. Llevado a una linealidad extrema, este análisis sería una aplicación del modelo de voto surgido en la tradición sociológica de la Universidad de Columbia (según el cual votar es una experiencia de grupo, resultado del impacto combinado de factores sociales como la clase, la renta, la profesión, la religión y el hábitat -urbano o rural) al contexto argentino. De acuerdo a ese modelo, las pertenencias sociales determinan las preferencias políticas: a los fines del análisis, interesan especialmente los grupos primarios (como la familia y las amistades), los secundarios (partidos políticos, sindicatos), y grupos de referencia (clase, raza, religión). Según esta perspectiva, la familia y las amistades influyen tempranamente en las preferencias políticas y partidarias, al punto que algunos autores hablan incluso de un “voto hereditario”, planteando que la socialización familiar contribuye a que los niños se identifiquen con determinados partidos, sesgo que influye en su conducta al alcanzar la mayoría de edad. En cuanto a las amistades, otros estudios enfatizan que la identificación política o partidaria se refuerza en la adolescencia, por la necesidad de aprobación y presión que lleva a los jóvenes a adaptarse por temor al aislamiento. Otros enfatizan la lealtad partidaria en términos de identificación, o bien la inscripción laboral y pertenencia sindical como los elementos que definen el comportamiento electoral. En países como Estados Unidos, el origen étnico también ha sido tradicionalmente tomado como elemento clave. En ciertos contextos, la religión también puede ser un elemento diferencial de peso. 

En cualquier caso, el cuerpo de teorías ligado a esta tradición comparte que, para que la pertenencia grupal sea considerada como relevantes a los fines del análisis, el individuo debe en alguna medida ser consciente de esa pertenencia (consciencia de su religión, de su clase, de su posición laboral, por ejemplo). Los estudios de esta perspectiva, desplegados en torno al seguimiento de campañas estadounidenses entre 1940 y 1950 (pioneros en la utilización de sondeos) interpretan que la influencia de los medios de comunicación en las campañas electorales es más bien escasa y que los mismos son más reforzadores que formadores de opinión; en cambio, son los citados determinantes estructurales del voto los que definen el proceso. Sin embargo, estos estudios son previos a la irrupción intensa del medio televisivo en las campañas electorales; asimismo, en la medida en que esa irrupción también converge con un marco sociológico de debilitamiento de otras referencias grupales tradicionales, como la familia, el trabajo, los sindicatos y  asociaciones, existe un consenso en que el voto hoy está mucho más socialmente desalineado que cuando surgió este modelo teórico de elector. Subsisten ciertas generalizaciones descriptivas: por ejemplo, que en Argentina las clases bajas votan al peronismo (en el análisis de Fraga, a Daniel Scioli en tanto que candidato del FPV/PJ), pero sin ser explicativas en sentido determinista o absoluto, sino más bien probabilísticas, como lo plantea el sociólogo Manuel Mora y Araujo.

Para entender la creciente desalineación del electorado en términos socioeconómicos puede ser útil remitirnos a la actual campaña electoral en Estados Unidos, país donde surgió la tradición sociológica del voto. En la década del 80, los analistas políticos norteamericanos acuñaron la expresión “demócratas reaganianos”, para referirse a aquellos empleados de fábrica que votaban a progresistas del partido demócrata hasta los ’70, pero en los ’80 se pasaron al partido republicano (tradicionalmente más conservador). De cara a la próxima elección presidencial, ese perfil ha salido peor parado de la globalización, de la fuga de empleo industrial, y no siente que las administraciones demócratas hayan hecho gran cosa por ellos. Por contrapartida, el mensaje básico del magnate Donald Trump conecta con sus anhelos, en la medida en que les promete más proteccionismo para la industria y frenar la inmigración sin recortar la red social. Así, se observa un proceso de inversión de clases acelerado en la política estadounidense. Según Ronald Brownstein, desde 1960 se está produciendo “un desplazamiento de los trabajadores del Partido Demócrata al Republicano y, en paralelo, desde los ’80, el viaje inverso de los profesionales de cuello blanco de las filas conservadoras a las progresistas”. Las presidenciales de noviembre, según este analista, pueden acabar con los últimos vestigios de la afiliación de partido por criterio de clases que ha definido a la política americana desde Roosevelt. 

En este marco, la conclusión a la que arriba Fraga resulta provocativa e intelectualmente estimulante aún matizando la linealidad del análisis de alineación electoral por nivel socioeconómico que le subyace: “la protesta contra el aumento de tarifas muestra que el Gobierno ha comenzado a perder apoyo en su propia base electoral, que es la clase media. Esta suba mostró limitaciones del Gobierno, al no prever el efecto de hacerlo justo cuando se inicia el frío y no advertir determinados pasos jurídicos previos que eran necesarios”. Ese distanciamiento relativo de la clase media tendría como efecto profundizar la ya asentada percepción de que la gestión presidencial de Mauricio Macri favorece a la clase alta en detrimento de las clases media y baja, creencia que a nivel nacional ya llega al 60,6% según la más reciente encuesta del CEOP (en las mediciones de Ibarómetro, la primer consultora en medir esta variable, esa respuesta alcanzó el 44,8% ya en febrero pasado, alcanzó el 51,1% en abril y trepó al 59,4% en junio). Esa creencia, asimismo, se insinúa como transversal por distrito, ya que se confirma incluso en aquellos que, como la provincia de Córdoba, acompañaron con contundencia a Macri tanto en la primera vuelta presidencial de octubre de 2015 como en el ballotage del 22-N: según la consultora Gustavo Córdoba, la percepción de que las políticas y el modo de pensar de Mauricio Macri favorecen a quienes más tienen pasó del 43% de junio pasado al 50,7% en julio (ver datos arriba; click para agrandar). 

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