En mayo pasado, el caso Adorni moralizó el malestar con el gobierno nacional y posicionó a la corrupción como el principal problema para los argentinos. En junio, la tendencia se profundizó, y ese caso, junto con la falta de resultados económicos que justifiquen el sacrificio que el presidente Javier Milei le pidió a la sociedad, explican una nueva caída en las variables clave: según la última medición de la consultora Delfos a nivel país, la aprobación perforó el umbral del 30%, mientras que la desaprobación rebasó el 70%: 28% vs 71%, piso y pico de la serie evolutiva, respectivamente (gráfico arriba). La brecha desfavorable trepa a -43 puntos porcentuales (pp).
Así, la variable aprobación se alineó con la actitudinal: el mismo informe arrojó que el aguante a Milei también perforó el umbral del 30% para ubicarse en 28%, mientras que el enojo (defraudados + aquellos que nunca tuvieron expectativas en él) treparon al 72%. En este caso, nuevamente la positividad llegó al piso de la serie, vs una negatividad en el pico (gráfico arriba). La brecha desfavorable es de -44 pp. Como se observa, el patrón en ambas variables es el mismo.
¿A qué se debe esa alineación? El análisis de sentimientos asociados a la situación del país sugiere que “la procesión va por dentro”. La negatividad agrupada acumula 76%, vs una positividad que suma 23% (gráfico arriba); brecha desfavorable de -53 pp. De nuevo, el mismo patrón, con apenas matices. “Preocupación, enojo, tristeza, incertidumbre y miedo: esas son hoy las emociones predominantes entre los argentinos. Se trata de una sociedad que llega con lo justo —o directamente no llega— a fin de mes, que no visualiza mejoras para su futuro y que considera que el esfuerzo realizado hasta ahora no ha valido la pena para generar cambios concretos en el país”, amplía el informe.
Dado ese malestar social rampante, ¿por qué no hace eclosión? La última encuesta nacional de Hugo Haime & Asociados da una pista: la bronca (39%) compite con la tristeza y el desánimo (38%) por la condición de primera minoría perceptiva (gráfico arriba). Aunque los contentos y esperanzados son franca minoría (menos del 20%), el empate de negatividad entre una emoción que se proyecta hacia afuera (la bronca) vs aquellas que se introyectan o repliegan (tristeza y desánimo) confirman que “la procesión va por dentro”.
¿El Mundial de Fútbol puede amortiguar ese estado emocional? Según la última medición de sentimiento social de Monitor Digital, las redes, una arena en la que el gobierno nacional se sentía relativamente cómodo hace un tiempo, muestran en junio un malhumor alto y persistente (gráfico arriba). “Pese a los efectos del Mundial de Fútbol que se disputa en América del Norte, que aporta buenas dosis de sentimiento positivo al debate general, su potencia afectiva no logra arrastrar al conjunto hacia una mejora sostenida. (…) Durante junio, la negatividad se mantiene en torno al 57%, prácticamente en línea con los meses previos. La serie mensual muestra que el salto negativo más fuerte se registró a comienzos de 2026, cuando la curva roja comenzó a instalarse por encima de la positiva, sin señales de reversión clara. Junio no hace más que ratificar esta alta negatividad, sin perspectivas visibles de mejora. Es decir, la charla adversa en redes ya no aparece como un pico excepcional, sino como clima de base”.
En este marco, el empecinamiento del gobierno al sostener a Adorni equivale a jugar con fuego, dado que el caso que involucra al jefe de Gabinete genera un sentimiento hegemónico de ira en las redes sociales: casi 75% (gráfico arriba). Según el informe de Reputación Digital, su peso en el ecosistema (1 de cada 15 menciones de toda la conversación política nacional) es inédito. “Adorni no es un tema lateral del ciclo: es el centro”, amplía el documento. En síntesis, su permanencia por insistencia de Milei es riesgosa, dado que la ira que genera el caso puede decantar en bronca, rompiendo la situación de “empate técnico” con tristeza/desánimo y, de ese modo, proyectar esa reacción hacia el exterior, en lugar de introyectarla. En la conversación en redes ganan terreno las menciones sobre inhabilitación o moción de censura, el debate escala y adquiere formato institucional. Se multiplican los pedidos de salida y el costo político para el gobierno persiste, al mismo tiempo que la demanda social se organiza en campañas bajo hashtags de descrédito y exigencia, un mix de señales que interpelan al presidente como co-responsable.






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