Decíamos en la entrada anterior que en enero de 2016 el panorama de la opinión pública arrojaba una divergencia entre la confianza en el gobierno (plano político) y la confianza en el consumo (plano económico), ya que las variables aparecían relativamente desconectadas. Concluíamos que la experiencia histórica enseña que esa bifurcación no puede prolongarse indefinidamente en el tiempo, como confirman mediciones más recientes que vienen mostrando una progresiva convergencia y sinceramiento hacia la baja de los indicadores de gestión y expectativas del gobierno nacional. La primera alerta en esa línea había aparecido en el estudio realizado por el CEOP al cumplirse los primeros 60 días del nuevo gobierno: allí, por primera vez los insatisfechos con la gestión del presidente Mauricio Macri superaban a los satisfechos: 49% contra 48%. Si bien la diferencia no era estadísticamente significativa, ese empate técnico con tufillo negativo angostaba el consenso ya exiguo que había mostrando antes una encuesta de Management & Fit.
La segunda alerta la había marcado una encuesta de Ibarómetro que también citamos oportunamente en este blog: allí, una indagación en las percepciones sobre el futuro del país arrojaba que un 47,1% tenía "sentimientos negativos", contra 44,3% que tenía sentimientos “positivos”; así, los pesimistas superan en casi 3 puntos a los optimistas. Nuevamente, la diferencia es estadísticamente no significativa, pero se confirma la tendencia hacia el cambio de signo, y el contraste con diciembre de 2015 es particularmente ilustrativo, ya que ese mes la relación era 37,9% (una suba del pesimismo de 9,2 puntos porcentuales) y 59,4% para el optimismo (cayó 15,1 puntos porcentuales). El “sinceramiento” que lleva adelante el gobierno, escribíamos entonces, parece estar permeando en el estado de ánimo, lo que insinuaba el fin de la “luna de miel”. Profundizando en las emociones con que se identificaban los argentinos ante la pregunta "¿Qué sentimiento le inspira el futuro del país?", un 22,1% sentía incertidumbre, 20% temor, 2,6% resignación y 2,4% indiferencia (un acumulado del 47,1%). Entre los optimistas –44,3%–, la esperanza era el sentimiento que se imponía, con 33,4%, seguido muy por detrás por entusiasmo (6,3%) y tranquilidad (4,6%). Podía apreciarse ahí el peso residual de lo que venimos llamando “pensamiento desiderativo” dentro de quienes mantenían un estado anímico positivo.
Este empeoramiento relativo es confirmado por estudios más recientes. A propósito de su última encuesta, el consultor Hugo Haime evaluó que “el clima social cambió, la bronca y el desánimo hoy superan a la esperanza”, aunque también aclaró que los números están “lejos de la marcada negatividad registrada durante los últimos cuatro años”. Gran parte de este cambio en el estado de ánimo pasa por el impacto de la agenda económica, dado que entre los temas que más preocupan, la inflación sigue ocupando el primer lugar, con expectativas de que llegue al 45% este año. “Sólo cuatro de cada diez (42%) personas piensa que el gobierno está tomando medidas para combatir a la inflación y algo más de cinco (53%) piensan que no lo está haciendo”, indica el informe de Haime. El especialista plantea que en la aprobación las medidas del Gobierno, las vinculadas con lo económico y lo social tienen un saldo negativo, a diferencia de otras medidas de carácter más estrictamente político, lo que confirma una relativa divergencia residual, con fecha de vencimiento cada vez más próxima. En palabras del consultor Federico Aurelio (Aresco), "hay una preocupación creciente por la situación económica y lo más importante es cómo el Gobierno logra dar tranquilidad (…)"En lo que es imagen, todavía tiene la protección del tiempo lógico que la gente le da a un gobierno nuevo, pero no es ilimitado. Y en expectativas está por abajo de lo normal para un gobierno que inicia su gestión”.
El impacto de la agenda económica queda también puesto de manifiesto por el más reciente estudio de Management & Fit difundido a fines de febrero, a partir de 2.000 casos relevados entre el 11 y el 15 del mes pasado, en todo el país. En ese estudio, el 35% cree que la economía del país estará "mejor o mucho mejor" en los próximos meses. El 40,2% cree que estará "peor o mucho peor". Es decir que los pesimistas superan a los optimistas por 5 puntos porcentuales, una diferencia que ya es estadísticamente significativa (a diferencia de los 3 puntos o menos de los estudios citados antes). Además, el 26,2% cree que su economía personal estará "mejor o mucho mejor" en los próximos meses, contra un 39% que cree que estará "peor o mucho peor": aquí la diferencia entre pesimistas y optimistas es aún más abultada, de 12,8%, es decir casi 13 puntos porcentuales. Y, también pertinente, un 62,3% cree que los aumentos salariales de este año "no superarán la inflación", contra un 15,8% que considera que "sí" lo harán. En síntesis, en la medida en que la agenda económica va permeando la política, se puede conjeturar que habrá una convergencia entre los indicadores de confianza de consumo que ya venían en caída desde enero y aquellos de confianza en el gobierno que aún se mostraban relativamente robustos.
Concepto acuñado por el filósofo inglés Joseph Glanvill, el clima de opinión nos rodea. Existen ciencias para medirlo, pero también hay lugar para lo inesperado, tal como el aleteo de una mariposa en Pekín puede desatar un huracán en México que contraríe el pronóstico del tiempo. Este blog de tendencias de opinión pública e influencia social pretende aportar elementos al "sensor cuasiestadístico" con que sondeamos el ambiente y ser un foro para intercambiar puntos de vista.
viernes, 11 de marzo de 2016
martes, 8 de marzo de 2016
De “Macrix recargado” al “efecto sinceramiento” (1): convergencia de variables
Uno de los ejes discursivos por los que transita la gestión nacional de Mauricio Macri pasa por un “sinceramiento”, entendido como corrección y revisión de los excesos “populistas” del kirchnerismo. Sin dudas, una parte sustancial del electorado coincide con ese eje e integra lo que podría llamar el “núcleo duro” de apoyo al gobierno PRO/Cambiemos. Por otro lado, el concepto de sinceramiento también aplica al ajuste de expectativas y calificación/imagen de gestión que sobreviene cuando se acerca el fin de lo que se conoce como la “luna de miel”, ese período de duración variable (en torno a los primeros 100 días) donde una nueva administración disfruta de un cierto “estado de gracia” en la opinión pública.
Los dos primeros meses de la nueva gestión presentaron características consistentes con ese “estado de gracia”: veíamos así a un "Macrix recargado", con alta expectativa y evaluación de imagen, sostenidos sobre todo por el cambio de signo político, correlacionado con un estilo de gestión diferente del anterior. A fines de enero, esto se plasmaba en datos como que el 62% de los argentinos decía confiar en el nuevo gobierno, según el Índice de Confianza en el Gobierno (ICG) realizado por la Universidad Di Tella junto a la consultora Poliarquía, sobre la base de una encuesta a 1.200 personas de 40 localidades del país- comprende las valoraciones de los consultados en cinco factores que se puntúan del 0 al 5. Ese mes, el indicador presentó un aumento notable, que atribuyó a las expectativas que genera un cambio de Gobierno. El indicador se ubicó en 62,8%, lo que representó un crecimiento del 75% en comparación con diciembre y de 71% con enero de 2015.
Ese dato implicó el segundo mayor salto interanual registrado en el indicador desde que comenzó la medición, en 2002 (plena crisis). La mayor variación histórica se dio en mayo de 2003, cuando asumió Néstor Kirchner, ocasión en la cual alcanzó 158%, mientras que la marca lograda por Macri en enero no se alcanzaba desde marzo de 2004 (cuando el presidente Néstor Kirchner cumplía 9 meses en el poder). En enero de 2016, el atributo del gobierno presidido por Macri que más adhesión consiguió en la opinión pública fue la capacidad de resolver problemas (3,72), seguido de la honestidad (3,26). En tercer lugar quedó la evaluación general de gobierno (3,01). Le siguió el interés general (2,99). Sin embargo, al mismo tiempo otro indicador de confianza, el del consumidor, mostraba un dato divergente: caía 1,6% respecto del mes de diciembre de 2015, según el Centro de Investigación en Finanzas de la Universidad Torcuato Di Tella. Ese indicador mide las expectativas de la gente en cuanto a la compra de bienes y servicios. El relevamiento en cuestión se efectuó entre el 5 y el 13 de enero. Juan José Cruces, director del Centro, detalló que "entre los subíndices que componen el ICC, los subíndices de Bienes Durables e Inmuebles y de Situación Personal registran bajas de 7% y de 0,5%, respectivamente, mientras que el subíndice de Situación Macroeconómica sube 0,2%”.
Cruces agregaba que "la confianza de los consumidores cae para el sector de los encuestados con mayores ingresos, mientras que sube para el sector con menores recursos”. Por el contrario, el humor de las familias según el lugar de residencia mostraba un cambio a tono con el resultado de los comicios nacionales: en el desagregado regional y respecto al mes anterior, el componente que mide las perspectivas macroeconómicas de corto plazo repuntaba 6,5% para la Capital Federal y 4,1% para la región del Gran Buenos Aires, mientras que declinaba 3,2% para el interior del País. En tanto, el componente que mide las perspectivas macroeconómicas a mediano plazo caía 7,3% en el Interior del país, mientras que aumentaba 1,7% en el GBA y 0,3% en la Capital. En síntesis, el panorama en enero arrojaba una divergencia entre la confianza en el gobierno (plano político) y la confianza en el consumo (plano económico): las variables aparecían relativamente desconectadas, como el jardín de los senderos que se bifurcan borgeano. Sin embargo, la experiencia histórica enseña que esa bifurcación no puede prolongarse indefinidamente en el tiempo; en ese marco, mediciones más recientes vienen mostrando una progresiva convergencia (incluso con cierto arrastre relativo) y un sinceramiento hacia la baja de los indicadores de gestión y expectativas del gobierno nacional.
Los dos primeros meses de la nueva gestión presentaron características consistentes con ese “estado de gracia”: veíamos así a un "Macrix recargado", con alta expectativa y evaluación de imagen, sostenidos sobre todo por el cambio de signo político, correlacionado con un estilo de gestión diferente del anterior. A fines de enero, esto se plasmaba en datos como que el 62% de los argentinos decía confiar en el nuevo gobierno, según el Índice de Confianza en el Gobierno (ICG) realizado por la Universidad Di Tella junto a la consultora Poliarquía, sobre la base de una encuesta a 1.200 personas de 40 localidades del país- comprende las valoraciones de los consultados en cinco factores que se puntúan del 0 al 5. Ese mes, el indicador presentó un aumento notable, que atribuyó a las expectativas que genera un cambio de Gobierno. El indicador se ubicó en 62,8%, lo que representó un crecimiento del 75% en comparación con diciembre y de 71% con enero de 2015.
Ese dato implicó el segundo mayor salto interanual registrado en el indicador desde que comenzó la medición, en 2002 (plena crisis). La mayor variación histórica se dio en mayo de 2003, cuando asumió Néstor Kirchner, ocasión en la cual alcanzó 158%, mientras que la marca lograda por Macri en enero no se alcanzaba desde marzo de 2004 (cuando el presidente Néstor Kirchner cumplía 9 meses en el poder). En enero de 2016, el atributo del gobierno presidido por Macri que más adhesión consiguió en la opinión pública fue la capacidad de resolver problemas (3,72), seguido de la honestidad (3,26). En tercer lugar quedó la evaluación general de gobierno (3,01). Le siguió el interés general (2,99). Sin embargo, al mismo tiempo otro indicador de confianza, el del consumidor, mostraba un dato divergente: caía 1,6% respecto del mes de diciembre de 2015, según el Centro de Investigación en Finanzas de la Universidad Torcuato Di Tella. Ese indicador mide las expectativas de la gente en cuanto a la compra de bienes y servicios. El relevamiento en cuestión se efectuó entre el 5 y el 13 de enero. Juan José Cruces, director del Centro, detalló que "entre los subíndices que componen el ICC, los subíndices de Bienes Durables e Inmuebles y de Situación Personal registran bajas de 7% y de 0,5%, respectivamente, mientras que el subíndice de Situación Macroeconómica sube 0,2%”.
Cruces agregaba que "la confianza de los consumidores cae para el sector de los encuestados con mayores ingresos, mientras que sube para el sector con menores recursos”. Por el contrario, el humor de las familias según el lugar de residencia mostraba un cambio a tono con el resultado de los comicios nacionales: en el desagregado regional y respecto al mes anterior, el componente que mide las perspectivas macroeconómicas de corto plazo repuntaba 6,5% para la Capital Federal y 4,1% para la región del Gran Buenos Aires, mientras que declinaba 3,2% para el interior del País. En tanto, el componente que mide las perspectivas macroeconómicas a mediano plazo caía 7,3% en el Interior del país, mientras que aumentaba 1,7% en el GBA y 0,3% en la Capital. En síntesis, el panorama en enero arrojaba una divergencia entre la confianza en el gobierno (plano político) y la confianza en el consumo (plano económico): las variables aparecían relativamente desconectadas, como el jardín de los senderos que se bifurcan borgeano. Sin embargo, la experiencia histórica enseña que esa bifurcación no puede prolongarse indefinidamente en el tiempo; en ese marco, mediciones más recientes vienen mostrando una progresiva convergencia (incluso con cierto arrastre relativo) y un sinceramiento hacia la baja de los indicadores de gestión y expectativas del gobierno nacional.
sábado, 5 de marzo de 2016
Nota publicada en suplemento Tendencias
Celebrando el género femenino
Gravitantes. Las mujeres cobran cada vez más protagonismo en el consumo y las decisiones cotidianas, tanto a nivel global como local. Preferencias y datos clave.
Por Norman Berra / Especial
El próximo 8 de marzo se celebra el Día Internacional de la Mujer, fecha que amerita revisar algunas tendencias que dan cuenta de su rol social y su vínculo con los rubros que abarca Tendencias y otros afines. Veamos:
http://www.lavoz.com.ar/tecno/celebrando-el-genero-femenino?cx_level=interesante
viernes, 4 de marzo de 2016
La gravitación del componente clasista (3)
“Si los hombres definen las situaciones como reales, estas son reales en su consecuencias", reza el teorema de Thomas (insuperable en su formulación, que combina sociología con psicología social). Efectivamente, existe una alta probabilidad de que las definiciones del kirchnerismo y del macrismo que surgen de la encuesta de Ibarómetro respecto a cuáles son las clases sociales más favorecidas por los programas políticos de esas fuerzas hayan gravitado en el comportamiento electoral de estos últimos años y que, por ejemplo, la condición percibida de “jamón del sándwich” por parte de la clase media haya inclinado su voto en un sentido más favorable al cambio que a la continuidad. Sin embargo, pese a la fuerza indudable de las percepciones, la virtud de los datos estructurales es superar el terreno de la percepción y las creencias acerca de a qué clases sociales favorece más un gobierno (y, por implicancia, cuáles son las clases relegadas en cuando a beneficios) por un análisis empírico de los movimientos verificados en el plano de la estructuración de los niveles socioeconómicos durante una gestión o varias.
Así, como vimos, la comparación con el año 2006 (cuando la Asociación Argentina de Marketing renovó el índice de nivel socioeconómico, NSE) y el año 2015 arroja un neto crecimiento de la clase media y una reducción de la clase baja durante esos 8 años de gobiernos kirchneristas. La clase media típica (C3) creció del 24% que registraba en 2006 (presidencia de Néstor Kirchner) hasta el 30% a fines de 2015 (cierre de la gestión de CFK), es decir 6 puntos porcentuales. En sentido contrario, la sumatoria de las clases baja y marginal (D2 + E) pasó del 24 en 2006 al 19% en 2015, esto es, se achicó 5 puntos porcentuales. En la medida en que la clase alta top (ABC1) apenas varió en 9 años (pasó del 6% en 2006 al 5% en 2015) y lo mismo se percibe en la media alta (C2, pasó del 14% en 2006 al 15% en 2015) y la media baja (D1, varió del 32% en 2006 al 31% en 2015), la lectura este período arroja que la pirámide del NSE a nivel nacional acusa un proceso de movilidad social ascendente, con crecimiento de la clase media y reducción de la pobreza, de lo que resulta una menor polarización social relativa.
Así, contrastando esos datos estadísticamente robustos (recordemos que la información correspondiente al año 2006 surge del estudio de la Asociación Argentina de Marketing/AAM, en tanto que los del 2015 fueron obtenidos a partir de 9.310 casos relevados de manera domiciliaria en una encuesta de alcance nacional realizada por la consultora Delfos) con las percepciones de a qué clase social favoreció el kirchnerismo, diríamos que la creencia de que favoreció a la clase baja está bien orientada (39,5% de las respuestas mencionan esa opción), en la medida en que parte de la baja pudo subir a la media. En cambio, la creencia de que el kirchnerismo favoreció más a la clase alta (27,1%) que a la media (18,1%) no encuentra sustento en los datos, ya que los niveles alto y medio alto no registran variaciones estadísticamente significativas mientras que, al contrario, la clase media creció y se consolidó.
La movilidad social ascendente que arrojan estos datos es la que alimenta el relato K en referencia a la “década ganada”. Asimismo, el contraste que el discurso kirchnerista hace con la “herencia recibida” en el 2003 alimenta la autosuficiencia del discurso del FPV (que tanto irrita en términos político-electorales a los sectores que le dieron la espalda en las elecciones del 2015). Si tratamos de superar las percepciones para apoyarnos en los datos duros que le subyacen, mirar la pirámide de niveles socioeconómicos del país que recibió el kirchnerismo en 2003 (a fines de mayo de ese año se iniciaba el mandato presidencial de Néstor Kirchner) obliga a una prudencia en el análisis, toda vez que los parámetros que entonces utilizaba la AAM para estructurar esos niveles eran diferentes de los actuales, lo cual implica ciertos matices a la hora del “empalme” o comparación de los datos. Hecha esta salvedad, eso no oculta que el país del 2002 mostraba sin dudas un panorama de crisis social, contra el cual la Argentina del 2015 gana en la comparación: ese año, el nivel alto alcanzaba al 10% del total (el doble de “ricos” que el año pasado, con un 5% de ABC1), el medio alto otro 10% (contra 15% del C2 en el 2015), el medio típico 10% (un tercio del 30% de C3 del año pasado), un 30% de bajo superior (contra un 31% de D1 el año pasado; aquí la variación sería mínima) y un 40% de bajo inferior y marginales (contra un 19% de D2-E el año pasado). Contra la foto del 2002, el balance del 2015 es, más allá de matices de empalme estadístico y metodológico, sin dudas mejor.
Así, como vimos, la comparación con el año 2006 (cuando la Asociación Argentina de Marketing renovó el índice de nivel socioeconómico, NSE) y el año 2015 arroja un neto crecimiento de la clase media y una reducción de la clase baja durante esos 8 años de gobiernos kirchneristas. La clase media típica (C3) creció del 24% que registraba en 2006 (presidencia de Néstor Kirchner) hasta el 30% a fines de 2015 (cierre de la gestión de CFK), es decir 6 puntos porcentuales. En sentido contrario, la sumatoria de las clases baja y marginal (D2 + E) pasó del 24 en 2006 al 19% en 2015, esto es, se achicó 5 puntos porcentuales. En la medida en que la clase alta top (ABC1) apenas varió en 9 años (pasó del 6% en 2006 al 5% en 2015) y lo mismo se percibe en la media alta (C2, pasó del 14% en 2006 al 15% en 2015) y la media baja (D1, varió del 32% en 2006 al 31% en 2015), la lectura este período arroja que la pirámide del NSE a nivel nacional acusa un proceso de movilidad social ascendente, con crecimiento de la clase media y reducción de la pobreza, de lo que resulta una menor polarización social relativa.
Así, contrastando esos datos estadísticamente robustos (recordemos que la información correspondiente al año 2006 surge del estudio de la Asociación Argentina de Marketing/AAM, en tanto que los del 2015 fueron obtenidos a partir de 9.310 casos relevados de manera domiciliaria en una encuesta de alcance nacional realizada por la consultora Delfos) con las percepciones de a qué clase social favoreció el kirchnerismo, diríamos que la creencia de que favoreció a la clase baja está bien orientada (39,5% de las respuestas mencionan esa opción), en la medida en que parte de la baja pudo subir a la media. En cambio, la creencia de que el kirchnerismo favoreció más a la clase alta (27,1%) que a la media (18,1%) no encuentra sustento en los datos, ya que los niveles alto y medio alto no registran variaciones estadísticamente significativas mientras que, al contrario, la clase media creció y se consolidó.
La movilidad social ascendente que arrojan estos datos es la que alimenta el relato K en referencia a la “década ganada”. Asimismo, el contraste que el discurso kirchnerista hace con la “herencia recibida” en el 2003 alimenta la autosuficiencia del discurso del FPV (que tanto irrita en términos político-electorales a los sectores que le dieron la espalda en las elecciones del 2015). Si tratamos de superar las percepciones para apoyarnos en los datos duros que le subyacen, mirar la pirámide de niveles socioeconómicos del país que recibió el kirchnerismo en 2003 (a fines de mayo de ese año se iniciaba el mandato presidencial de Néstor Kirchner) obliga a una prudencia en el análisis, toda vez que los parámetros que entonces utilizaba la AAM para estructurar esos niveles eran diferentes de los actuales, lo cual implica ciertos matices a la hora del “empalme” o comparación de los datos. Hecha esta salvedad, eso no oculta que el país del 2002 mostraba sin dudas un panorama de crisis social, contra el cual la Argentina del 2015 gana en la comparación: ese año, el nivel alto alcanzaba al 10% del total (el doble de “ricos” que el año pasado, con un 5% de ABC1), el medio alto otro 10% (contra 15% del C2 en el 2015), el medio típico 10% (un tercio del 30% de C3 del año pasado), un 30% de bajo superior (contra un 31% de D1 el año pasado; aquí la variación sería mínima) y un 40% de bajo inferior y marginales (contra un 19% de D2-E el año pasado). Contra la foto del 2002, el balance del 2015 es, más allá de matices de empalme estadístico y metodológico, sin dudas mejor.
martes, 1 de marzo de 2016
La gravitación del componente clasista (2)
Los analistas de Ibarómetro hacen la siguiente lectura respecto al dato de que casi un 45% de los argentinos percibe que el macrismo favorece a la clase alta. “A lo largo de su inteligente y disciplinada campaña, el PRO había suavizado los prejuicios que lo sobrevuelan desde su origen: el sesgo de clase de su staff y de sus políticas. El deterioro del entorno económico y sociolaboral vuelve a debilitar el aspecto social del PRO; tal es así que de las cuatro cláusulas del contrato electoral sólo ´reducción de pobreza´ suscita una evaluación deficitaria. Por el momento, extendidas percepciones negativas del entorno económico no son incompatibles con una buena evaluación del Gobierno, pero si tales preocupaciones se acentuaran comenzarán a lesionar la imagen del gobierno y sobre todo impactarán sobre su identidad y posicionamiento. Mediante una audaz virilidad decisionista, el PRO evaporó en un mes los fantasmas de la gobernabilidad pero mientras tanto descuidó y alimentó las caracterizaciones que lo señalan como un ´Gobierno de ricos para ricos´(…) La economía tiene intermitencias, pero la identidad de un Gobierno se graba en el imaginario de manera menos oscilante. En la orientación percibida de su hoja de ruta reside el principal desafío del nuevo Gobierno".
Vale la pena enfocar cómo aquella percepción tiene matices, según se acompañe o no la gestión del gobierno nacional encabezado por Mauricio Macri: entre quienes la aprueban, el 51% cree que el macrismo favorece a la clase media, 19% que favorece a la clase alta y 15% que favorece a la baja (15% no sabe o no contesta). De aquí se infiere que los “guiños” o medidas que el presidente Mauricio Macri apunte a ese segmento serán vitales para morigerar el “sesgo hacia las clases acomodadas” del 45% que se percibe a nivel general, dado que entre quienes desaprueban la gestión Macri esa tendencia está cerca de la unanimidad: 87% percibe que el macrismo favorece a la clase alta, contra sólo 4% que lo ve a favor de la media y 5% que lo percibe favorable a la clase baja (4% se refugia en la respuesta no sabe/no contesta). En este marco, que el propio ministro de Trabajo de la Nación Jorge Triaca haya admitido que con la modificación del mínimo no imponible del Impuesto a las Ganancias anunciada por Macri habrá más personas que tendrán que pagar el impuesto (también reconoció que los cambios introducidos fueron "insuficientes") augura tensiones que el presidente tendrá que administrar y procesar cuidadosamente si no quiere menguar su actual nivel de apoyo o, peor aún, erosionar una porción significativa de la base electoral que lo acompañó en el ballotage del 22-N.
Asimismo, es relevante enfocar cómo opera la percepción respecto del kirchnerismo. Citábamos en la entrada anterior que casi el 40% percibía que el FPV favorecía a la clase baja, 27% que beneficiaba a la alta y apenas 18% a la clase media. Esta percepción general es bien diferente a la del macrismo, cuyo impacto clasista percibido encuentra un pico en la alta y va desciendo conforme bajamos en el nivel socioeconómico considerado. En el kirchnerismo, la curva tiene forma de “U” asimétrica, con pico en la clase baja, y la clase media queda como “jamón del sandwich”, por usar una metáfora frecuente. A la hora de los matices según se avale o no la gestión del actual gobierno nacional, entre quienes aprueban, el 39% cree que el kirchnerismo favorece a la clase alta, 28% que favorece a la clase baja y sólo 14% que favorece a la media (19% no sabe o no contesta). En cambio, entre quienes desaprueban la gestión de Macri (por implicancia, se puede presumir entre ellos cierta cercanía al FPV), el 63% percibe que el kirchnerismo favorece a la clase baja, marcando así un claro sesgo “popular” (11% de ellos creen que favorece a la clase alta, 22% que beneficia a la media y 4% no sabe o no contesta).
Está claro que en todos estos casos estamos en el terreno de la percepción, es decir, de las creencias acerca de a qué clases sociales favorece más un gobierno (y, por implicancia, cuáles son las clases relegadas en cuanto a beneficios). Ahora bien, existen posibilidades metodológicas de medir el impacto de una gestión en términos de estructuración de la pirámide de niveles socioeconómicos, como hemos visto ya en este blog en post anteriores, de los que vale la pena recuperar datos clave. La comparación con el año 2006 (cuando la Asociación Argentina de Marketing renovó el índice de nivel socioeconómico, NSE) y el año 2015 arroja un neto crecimiento de la clase media y una reducción de la clase baja durante esos 8 años de gobiernos kirchneristas. El dato surge del evolutivo que muestra la clase media típica (C3) creciendo del 24% que registraba en 2006 (presidencia de Néstor Kirchner) hasta el 30% a fines de 2015 (cierre de la gestión de CFK), mientras que la sumatoria de las clases baja y marginal (D2 + E) pasó del 24 en 2006 al 19% en 2015. La información correspondiente al año 2006 surge del estudio de la Asociación Argentina de Marketing (AAM), en tanto que los del 2015 fueron obtenidos a partir de 9.310 casos relevados de manera domiciliaria en una encuesta de alcance nacional realizada por la consultora Delfos, con un error muestral de +-1% (ver gráfico arriba; click para agrandar). Así, este dato “no perceptivo” (no se construye a partir de las creencias, sino de variables estructurales) confirma una movilidad ascendente favorable a las clases media y baja durante la era K.
Vale la pena enfocar cómo aquella percepción tiene matices, según se acompañe o no la gestión del gobierno nacional encabezado por Mauricio Macri: entre quienes la aprueban, el 51% cree que el macrismo favorece a la clase media, 19% que favorece a la clase alta y 15% que favorece a la baja (15% no sabe o no contesta). De aquí se infiere que los “guiños” o medidas que el presidente Mauricio Macri apunte a ese segmento serán vitales para morigerar el “sesgo hacia las clases acomodadas” del 45% que se percibe a nivel general, dado que entre quienes desaprueban la gestión Macri esa tendencia está cerca de la unanimidad: 87% percibe que el macrismo favorece a la clase alta, contra sólo 4% que lo ve a favor de la media y 5% que lo percibe favorable a la clase baja (4% se refugia en la respuesta no sabe/no contesta). En este marco, que el propio ministro de Trabajo de la Nación Jorge Triaca haya admitido que con la modificación del mínimo no imponible del Impuesto a las Ganancias anunciada por Macri habrá más personas que tendrán que pagar el impuesto (también reconoció que los cambios introducidos fueron "insuficientes") augura tensiones que el presidente tendrá que administrar y procesar cuidadosamente si no quiere menguar su actual nivel de apoyo o, peor aún, erosionar una porción significativa de la base electoral que lo acompañó en el ballotage del 22-N.
Asimismo, es relevante enfocar cómo opera la percepción respecto del kirchnerismo. Citábamos en la entrada anterior que casi el 40% percibía que el FPV favorecía a la clase baja, 27% que beneficiaba a la alta y apenas 18% a la clase media. Esta percepción general es bien diferente a la del macrismo, cuyo impacto clasista percibido encuentra un pico en la alta y va desciendo conforme bajamos en el nivel socioeconómico considerado. En el kirchnerismo, la curva tiene forma de “U” asimétrica, con pico en la clase baja, y la clase media queda como “jamón del sandwich”, por usar una metáfora frecuente. A la hora de los matices según se avale o no la gestión del actual gobierno nacional, entre quienes aprueban, el 39% cree que el kirchnerismo favorece a la clase alta, 28% que favorece a la clase baja y sólo 14% que favorece a la media (19% no sabe o no contesta). En cambio, entre quienes desaprueban la gestión de Macri (por implicancia, se puede presumir entre ellos cierta cercanía al FPV), el 63% percibe que el kirchnerismo favorece a la clase baja, marcando así un claro sesgo “popular” (11% de ellos creen que favorece a la clase alta, 22% que beneficia a la media y 4% no sabe o no contesta).
Está claro que en todos estos casos estamos en el terreno de la percepción, es decir, de las creencias acerca de a qué clases sociales favorece más un gobierno (y, por implicancia, cuáles son las clases relegadas en cuanto a beneficios). Ahora bien, existen posibilidades metodológicas de medir el impacto de una gestión en términos de estructuración de la pirámide de niveles socioeconómicos, como hemos visto ya en este blog en post anteriores, de los que vale la pena recuperar datos clave. La comparación con el año 2006 (cuando la Asociación Argentina de Marketing renovó el índice de nivel socioeconómico, NSE) y el año 2015 arroja un neto crecimiento de la clase media y una reducción de la clase baja durante esos 8 años de gobiernos kirchneristas. El dato surge del evolutivo que muestra la clase media típica (C3) creciendo del 24% que registraba en 2006 (presidencia de Néstor Kirchner) hasta el 30% a fines de 2015 (cierre de la gestión de CFK), mientras que la sumatoria de las clases baja y marginal (D2 + E) pasó del 24 en 2006 al 19% en 2015. La información correspondiente al año 2006 surge del estudio de la Asociación Argentina de Marketing (AAM), en tanto que los del 2015 fueron obtenidos a partir de 9.310 casos relevados de manera domiciliaria en una encuesta de alcance nacional realizada por la consultora Delfos, con un error muestral de +-1% (ver gráfico arriba; click para agrandar). Así, este dato “no perceptivo” (no se construye a partir de las creencias, sino de variables estructurales) confirma una movilidad ascendente favorable a las clases media y baja durante la era K.
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