La encuesta de Ricardo Rouvier y Asociados que citamos en el post anterior no es la única que muestra un panorama adverso para Cambiemos en la estratégica provincia de Buenos Aires (PBA). En el mismo sentido, un trabajo de la consultora Dicen arroja que la ex presidenta Cristina Fernández de Kirchner (FPV) encabeza las mediciones para senador nacional por la PBA: la ex mandataria obtendría el primer lugar, con el 32% de los votos, en uno de los escenarios medidos por la consultora que dirige Hilario Moreno del Campo. En segundo lugar aparece Sergio Massa (Frente Renovador), con 25%, mientras que Elisa Carrió (Cambiemos) queda tercera, con 15%. Algo detrás, Margarita Stolbizer (GEN) suma 8% de intención de voto, Florencio Randazzo llega al 7%, Néstor Pitrola (izquierda) al 2% y un 9% no sabe/no contesta. Es decir, aun en un escenario de peronismo dividido, con Florencio Randazzo como contrincante de CFK, la ex presidenta se ubicaría primera (ver datos arriba; click para agrandar) y Cambiemos, que a priori debería verse beneficiado por la división del espacio PJ/FPV, queda relegado en intención de voto (con Carrió como precandidata).
La encuesta de Dicen también mide un escenario alternativo, con Daniel Scioli, el ex candidato presidencial del FPV, como figura de unidad dentro del espacio PJ-FPV (es decir, sin Randazzo compitiendo por fuera). En ese caso, el ex gobernador bonaerense sumaría el 33%, Massa llegaría al 26%, Carrió al 17%, Stolbizer al 11% y Pitrola al 4%. Las diferencias estadísticas entre Scioli y Cristina y entre lo que miden en uno y otro escenario Massa, Carrió y Stolbizer no son estadísticamente significativas, puesto que oscilan entre 1 y 3 puntos porcentuales apenas, pese a que en esta hipótesis, a diferencia de la anterior, no juega Randazzo (dado que se explora un escenario de unidad). Como puede apreciarse, en ambos casos la performance de Cambiemos (con Carrió como candidata) es magra, oscilando entre 15% y 17%, algo por encima del guarismo que vimos en la encuesta de Rouvier (12,8%), pero muy lejos del aval que requiere el presidente Mauricio Macri para enfrentar su elección de medio término en el distrito que concentra el 38% de los electores a nivel nacional.
Según Del Campo, titular de Dicen, “actualmente hay un sector de la población que políticamente no está siendo tomada en cuenta (... ) casi la mitad de la población que es opositora al gobierno de Macri y allí Cristina es la representante opositora más defendida (…) lo que explica en este momento este lugar de Cristina es una cantidad importante y creciente de oposición social de gente que está en desacuerdo con el gobierno". En ese sentido, el consultor apuntó que la desaprobación al gobierno de Macri, que a fines de diciembre de 2015 estaba en 38%, subió al 52% en julio. Cruzando esos datos con la imagen negativa de Macri, da un total de 47% de opositores que desaprueban la gestión de Macri y tienen mala imagen de él. En este sentido, Del Campo agregó: "El 90% del voto de Cristina es de ese sector y es ahí donde Cristina es la referente más importante". En cuanto a la imagen positiva, según Dicen se ubica aparece primero Massa, con 57%; CFK tiene 10 puntos menos, y detrás aparecen Scioli con 46%, Mauricio Macri con 45% y Randazzo con 42%. No se midió en esa variable a Vidal ni a Carrió.
Así, en conjunto, las mediciones más recientes van convergiendo en una línea interpretativa: ya corriendo el segundo semestre, los aumentos de tarifas (si bien irresueltos) y la alta inflación operan como una bisagra en la opinión pública y han generado un sensible deterioro de la imagen de Mauricio Macri en el Gran Buenos Aires, principal conglomerado poblacional y electoral de la PBA. En esto coinciden incluso las encuestas aún relativamente favorables al oficialismo, como la de Poliarquía que publicó La Nación a fines de julio. Asimismo, ese desgaste comienza a permear hacia el gobierno provincial que también encabeza una de las figuras del PRO, la gobernadora María Eugenia Vidal: en el caso de su gestión, la desaprobación creció de 25% a 43% en los primeros seis meses. En síntesis, los tarifazos y medidas de ajuste aplicados por el gobierno de Cambiemos “terminaron corroborando la identificación de Macri como un presidente elitista e insensible (... ) haber alentado una expectativa de mejora para el segundo semestre, cuya concreción se presenta ahora dudosa, puede conllevar un efecto negativo", evaluaron los analista de la consultora González y Valladares en su más reciente informe.
Concepto acuñado por el filósofo inglés Joseph Glanvill, el clima de opinión nos rodea. Existen ciencias para medirlo, pero también hay lugar para lo inesperado, tal como el aleteo de una mariposa en Pekín puede desatar un huracán en México que contraríe el pronóstico del tiempo. Este blog de tendencias de opinión pública e influencia social pretende aportar elementos al "sensor cuasiestadístico" con que sondeamos el ambiente y ser un foro para intercambiar puntos de vista.
lunes, 8 de agosto de 2016
domingo, 7 de agosto de 2016
Nota publicada en suple Tendencias de La Voz
Control parental: más allá de las apps
Gadgets. Ayuda para los padres. Dispositivos que facilitan el monitoreo sobre los menores en seguridad y en otros aspectos.
Por Norman Berra | tendencias@lavozdelinterior.com.ar
Tiempo atrás, dedicamos una nota de esta sección a las aplicaciones de control parental, la mayoría de las cuales apunta a velar por la seguridad de los menores de edad. Sin embargo, las funciones paternas cubren un amplio rango que no sólo está atendido por aquellas apps, sino también por dispositivos. Veamos:
http://www.lavoz.com.ar/tecno/control-parental-mas-alla-de-las-apps?cx_level=home_lvi_widget
jueves, 4 de agosto de 2016
Bisagra en la opinión pública (2)
El estudio de Rouvier y Asociados que muestra a la imagen
presidencial perforando el 50% de positiva en la provincia de Buenos Aires (46,7%, contra 48,9%)
también muestra otro dato preocupante para el presidente Mauricio Macri de cara al próximo
año electoral. La medición de intención de voto de julio para senador nacional
en esa provincia arroja que Sergio Massa, del Frente Renovador, alcanzaría un
25,2%; Daniel Scioli, del Frente para la Victoria, llegaría al 20,6%; en tercer
término se ubicaría el ex ministro del anterior gobierno, Florencio Randazzo,
también del FPV, con 18,3%. Recién en cuarto lugar aparece una figura
de Cambiemos, si bien un tanto díscola dentro del frente: Elisa Carrió, de
Coalición Cívica, con 12,8%. En quinta posición se ubica Margarita Stolbizer, del
GEN, con 8,6%, seguida por otra figura del FPV, el ex precandidato a gobernador Julián Domínguez, con 8,2% (ver
datos arriba; click para agrandar).
Se trata de una encuesta
telefónica realizada del 4 al 8 de julio sobre 800 casos,
con un error muestral de +-3,4% y un nivel de confianza de 95,5%. Claramente,
es la foto de un momento particularmente crítico y no una proyección de lo que
sucederá (falta más de un año para esos comicios). Aun con esos matices, compone un
cuadro preelectoral amenazante para el presidente Mauricio Macri, por las
siguientes razones: primero, existe la posibilidad de que en las elecciones en
ese estratégico distrito compitan varios ex candidatos presidenciales, varios
de ellos medidos en este escenario electoral. Massa viene de hacer buenas
elecciones en las presidenciales de 2015 y ganó la provincia en las
legislativas de 2013; Scioli ganó la presidencial de 2015 en ese distrito,
tanto en las primarias como en primera vuelta e incluso en el ballotage que consagró a Macri presidente.
En segundo lugar, ambos dirigentes, uno del espacio del peronismo disidente y el otro del frente FPV/PJ, lideran
la pelea mayor (la ventaja de Massa sobre Scioli es apenas estadísticamente
significativa: 4,6 puntos porcentuales, con un error muestral de +- 3,4%). Ambos
le sacan una ventaja apreciable a la única figura cercana al actual gobierno medida
en esta grilla, la también ex candidata presidencial (hasta las PASO, donde fue
derrotada por Macri) Elisa Carrió. Otra ex candidata presidencial, Stolbizer,
también retiene un caudal de votos por fuera del espacio panperonista que limita el despliegue electoral
de Cambiemos, el cual queda acotado a un magro 13%. Eso implicaría una catástrofe electoral de proporciones para el oficialismo, dado que provincia de Buenos Aires es el distrito de mayor gravitación política a nivel
nacional (cerca del 38% del total).
Ese 13% se queda aún más corto al observar que la grilla medida por Rouvier presupone un escenario de fragmentación electoral que a
priori se pensaría como el más conveniente para Cambiemos, dado que los candidatos del espacio panperonista (PJ,
peronismo disidente y FPV) aparecen compitiendo entre sí. El panorama empeora si se considera
el caudal agregado de las figuras ligadas o cercanas al FPV (Scioli, Randazzo y
Domínguez), con lo cual ese acumulado trepa al 47,1%. Esto sugiere que un escenario de peronismo
unido podría representar una coalición opositora formidable para el oficialismo. Aun más grave, la hipótesis (si bien menos probable) de un frente más amplio junto al massismo
podría elevar ese caudal hasta un 72,3%. Con todo, es necesario remarcar que se
trata de un escenario medido a la distancia (a más de un año de los comicios
efectivos, y a aproximadamente un año de las primarias), que seguramente está
traduciendo en un ensayo electoral una coyuntura atravesada por la
contracción económica y el tarifazo en
los servicios públicos, efectos que sin duda hoy están operando como bisagra en
las tendencias, pero que pueden modificar su impacto en el tiempo de aquí a las
elecciones.
miércoles, 3 de agosto de 2016
Bisagra en la opinión pública (1)
En una entrada reciente veíamos mediciones de Poliarquía e Isonomía que ubicaban el aval al presidente Mauricio Macri por encima del 55% y las contrastábamos con una encuesta de la UNSAM que, en sentido contrario, lo situaba por debajo del 40%. En ese marco, concluíamos que las encuestas de Aresco, Hugo Haime y Analía del Franco (Analogías) eran más consistentes respecto al análisis agregado sistemático que que veníamos haciendo en el blog, con una imagen positiva de gestión en torno al 45% y 50%, contra el mismo orden de magnitud de imagen negativa en aquellas mediciones en las cuales la evaluación se polariza metodológicamente en categorías favorable/desfavorable (es decir, sin posiciones neutras, intermedias o regulares; cuando estas sí se incluyen, se fragmentan más las opiniones).
En este marco, en los últimos días se sumaron un par de mediciones: una de ellas es de Jorge Giacobbe y situó la imagen positiva presidencial en 57%. Al respecto, el consultor planteó que “la gestión de Macri está aprobada pero no entendemos bien el motivo (…) Hay un entusiasmo que nos parece un tanto insustancial”. Así, los guarismos de Giacobbe se aproximan a las mediciones de Poliarquía e Isonomía que en un post anterior evaluamos como sesgadas hacia arriba en el panorama general respecto de la media de mediciones; en cambio, la más reciente encuesta del consultor Carlos Fara consolida ese promedio de tendencias en el que concurrían Aresco, Haime y del Franco, ya que la mitad de los argentinos acompaña al oficialismo mientras que la otra no.
Ese empate técnico en términos estadísticos entre la valoración favorable y la desfavorable que arrojan los estudios nacionales convergentes tiende a quebrarse, sin embargo, cuando la aproximación es distrital, como veíamos en el estudio citado de Analogías. En el Gran Buenos Aires (GBA), la valoración presidencial positiva desciende al 44,6%, mientras que sube a 53,9% en el interior provincial. Los valores del GBA resultan claves, toda vez que los analistas evalúan que en ese conglomerado es donde más está impactando el actual contexto de crisis económica y en particular el tarifazo, issue que se afirma como bisagra en la opinión pública. Considerando que alrededor del 34% del padrón electoral nacional se ubica en GBA, las implicancias políticas de este dato no puede subestimarse.
En este marco, la última encuesta de Rouvier y Asociados arroja un panorama aún más crítico que el que surgía de Analogías, ya que de acuerdo a esta medición la imagen presidencial perforó el 50% de positiva en la provincia de Buenos Aires (ya no sólo GBA, sino ese conglomerado + el interior provincial; ver datos arriba, click para agrandar). La serie evolutiva arroja que, en diciembre (mes de su asunción al poder), el presidente Macri recogía un 65% de consideraciones positivas, mientras que en julio bajó al 46,7% (una caída de 18,3 puntos porcentuales). Por contrapartida, la imagen negativa, que en diciembre llegaba al 31,2%, creció al 48,9% (17,7 puntos porcentuales, lo que equivale a decir que lo que cayó en positiva se trasladó de manera prácticamente lineal a la negativa). Así, la brecha entre positiva y negativa arroja un diferencial desfavorable de -2,2% (estadísticamente no significativo). Otro dato clave de este estudio, en sintonía con la encuesta de Analía del Franco que citamos, es que la mayor caída en la imagen presidencial se da en el segundo cordón del Gran Buenos Aires (GBA). Según Rouvier, el principal motivo de deterioro para Macri en la percepción social es el tarifazo en los servicios públicos, lo que confirma la línea interpretativa con más consenso hoy.
En este marco, en los últimos días se sumaron un par de mediciones: una de ellas es de Jorge Giacobbe y situó la imagen positiva presidencial en 57%. Al respecto, el consultor planteó que “la gestión de Macri está aprobada pero no entendemos bien el motivo (…) Hay un entusiasmo que nos parece un tanto insustancial”. Así, los guarismos de Giacobbe se aproximan a las mediciones de Poliarquía e Isonomía que en un post anterior evaluamos como sesgadas hacia arriba en el panorama general respecto de la media de mediciones; en cambio, la más reciente encuesta del consultor Carlos Fara consolida ese promedio de tendencias en el que concurrían Aresco, Haime y del Franco, ya que la mitad de los argentinos acompaña al oficialismo mientras que la otra no.
Ese empate técnico en términos estadísticos entre la valoración favorable y la desfavorable que arrojan los estudios nacionales convergentes tiende a quebrarse, sin embargo, cuando la aproximación es distrital, como veíamos en el estudio citado de Analogías. En el Gran Buenos Aires (GBA), la valoración presidencial positiva desciende al 44,6%, mientras que sube a 53,9% en el interior provincial. Los valores del GBA resultan claves, toda vez que los analistas evalúan que en ese conglomerado es donde más está impactando el actual contexto de crisis económica y en particular el tarifazo, issue que se afirma como bisagra en la opinión pública. Considerando que alrededor del 34% del padrón electoral nacional se ubica en GBA, las implicancias políticas de este dato no puede subestimarse.
En este marco, la última encuesta de Rouvier y Asociados arroja un panorama aún más crítico que el que surgía de Analogías, ya que de acuerdo a esta medición la imagen presidencial perforó el 50% de positiva en la provincia de Buenos Aires (ya no sólo GBA, sino ese conglomerado + el interior provincial; ver datos arriba, click para agrandar). La serie evolutiva arroja que, en diciembre (mes de su asunción al poder), el presidente Macri recogía un 65% de consideraciones positivas, mientras que en julio bajó al 46,7% (una caída de 18,3 puntos porcentuales). Por contrapartida, la imagen negativa, que en diciembre llegaba al 31,2%, creció al 48,9% (17,7 puntos porcentuales, lo que equivale a decir que lo que cayó en positiva se trasladó de manera prácticamente lineal a la negativa). Así, la brecha entre positiva y negativa arroja un diferencial desfavorable de -2,2% (estadísticamente no significativo). Otro dato clave de este estudio, en sintonía con la encuesta de Analía del Franco que citamos, es que la mayor caída en la imagen presidencial se da en el segundo cordón del Gran Buenos Aires (GBA). Según Rouvier, el principal motivo de deterioro para Macri en la percepción social es el tarifazo en los servicios públicos, lo que confirma la línea interpretativa con más consenso hoy.
lunes, 1 de agosto de 2016
De las mediciones a las mediaciones (3)
Citábamos en la entrada previa a Rosendo Fraga: “Resulta claro que la mitad que votó por Mauricio Macri era de clase media y alta, y la mitad que lo hizo por Daniel Scioli, de clase media baja y baja”. Llevado a una linealidad extrema, este análisis sería una aplicación del modelo de voto surgido en la tradición sociológica de la Universidad de Columbia (según el cual votar es una experiencia de grupo, resultado del impacto combinado de factores sociales como la clase, la renta, la profesión, la religión y el hábitat -urbano o rural) al contexto argentino. De acuerdo a ese modelo, las pertenencias sociales determinan las preferencias políticas: a los fines del análisis, interesan especialmente los grupos primarios (como la familia y las amistades), los secundarios (partidos políticos, sindicatos), y grupos de referencia (clase, raza, religión). Según esta perspectiva, la familia y las amistades influyen tempranamente en las preferencias políticas y partidarias, al punto que algunos autores hablan incluso de un “voto hereditario”, planteando que la socialización familiar contribuye a que los niños se identifiquen con determinados partidos, sesgo que influye en su conducta al alcanzar la mayoría de edad. En cuanto a las amistades, otros estudios enfatizan que la identificación política o partidaria se refuerza en la adolescencia, por la necesidad de aprobación y presión que lleva a los jóvenes a adaptarse por temor al aislamiento. Otros enfatizan la lealtad partidaria en términos de identificación, o bien la inscripción laboral y pertenencia sindical como los elementos que definen el comportamiento electoral. En países como Estados Unidos, el origen étnico también ha sido tradicionalmente tomado como elemento clave. En ciertos contextos, la religión también puede ser un elemento diferencial de peso.
En cualquier caso, el cuerpo de teorías ligado a esta tradición comparte que, para que la pertenencia grupal sea considerada como relevantes a los fines del análisis, el individuo debe en alguna medida ser consciente de esa pertenencia (consciencia de su religión, de su clase, de su posición laboral, por ejemplo). Los estudios de esta perspectiva, desplegados en torno al seguimiento de campañas estadounidenses entre 1940 y 1950 (pioneros en la utilización de sondeos) interpretan que la influencia de los medios de comunicación en las campañas electorales es más bien escasa y que los mismos son más reforzadores que formadores de opinión; en cambio, son los citados determinantes estructurales del voto los que definen el proceso. Sin embargo, estos estudios son previos a la irrupción intensa del medio televisivo en las campañas electorales; asimismo, en la medida en que esa irrupción también converge con un marco sociológico de debilitamiento de otras referencias grupales tradicionales, como la familia, el trabajo, los sindicatos y asociaciones, existe un consenso en que el voto hoy está mucho más socialmente desalineado que cuando surgió este modelo teórico de elector. Subsisten ciertas generalizaciones descriptivas: por ejemplo, que en Argentina las clases bajas votan al peronismo (en el análisis de Fraga, a Daniel Scioli en tanto que candidato del FPV/PJ), pero sin ser explicativas en sentido determinista o absoluto, sino más bien probabilísticas, como lo plantea el sociólogo Manuel Mora y Araujo.
Para entender la creciente desalineación del electorado en términos socioeconómicos puede ser útil remitirnos a la actual campaña electoral en Estados Unidos, país donde surgió la tradición sociológica del voto. En la década del 80, los analistas políticos norteamericanos acuñaron la expresión “demócratas reaganianos”, para referirse a aquellos empleados de fábrica que votaban a progresistas del partido demócrata hasta los ’70, pero en los ’80 se pasaron al partido republicano (tradicionalmente más conservador). De cara a la próxima elección presidencial, ese perfil ha salido peor parado de la globalización, de la fuga de empleo industrial, y no siente que las administraciones demócratas hayan hecho gran cosa por ellos. Por contrapartida, el mensaje básico del magnate Donald Trump conecta con sus anhelos, en la medida en que les promete más proteccionismo para la industria y frenar la inmigración sin recortar la red social. Así, se observa un proceso de inversión de clases acelerado en la política estadounidense. Según Ronald Brownstein, desde 1960 se está produciendo “un desplazamiento de los trabajadores del Partido Demócrata al Republicano y, en paralelo, desde los ’80, el viaje inverso de los profesionales de cuello blanco de las filas conservadoras a las progresistas”. Las presidenciales de noviembre, según este analista, pueden acabar con los últimos vestigios de la afiliación de partido por criterio de clases que ha definido a la política americana desde Roosevelt.
En este marco, la conclusión a la que arriba Fraga resulta provocativa e intelectualmente estimulante aún matizando la linealidad del análisis de alineación electoral por nivel socioeconómico que le subyace: “la protesta contra el aumento de tarifas muestra que el Gobierno ha comenzado a perder apoyo en su propia base electoral, que es la clase media. Esta suba mostró limitaciones del Gobierno, al no prever el efecto de hacerlo justo cuando se inicia el frío y no advertir determinados pasos jurídicos previos que eran necesarios”. Ese distanciamiento relativo de la clase media tendría como efecto profundizar la ya asentada percepción de que la gestión presidencial de Mauricio Macri favorece a la clase alta en detrimento de las clases media y baja, creencia que a nivel nacional ya llega al 60,6% según la más reciente encuesta del CEOP (en las mediciones de Ibarómetro, la primer consultora en medir esta variable, esa respuesta alcanzó el 44,8% ya en febrero pasado, alcanzó el 51,1% en abril y trepó al 59,4% en junio). Esa creencia, asimismo, se insinúa como transversal por distrito, ya que se confirma incluso en aquellos que, como la provincia de Córdoba, acompañaron con contundencia a Macri tanto en la primera vuelta presidencial de octubre de 2015 como en el ballotage del 22-N: según la consultora Gustavo Córdoba, la percepción de que las políticas y el modo de pensar de Mauricio Macri favorecen a quienes más tienen pasó del 43% de junio pasado al 50,7% en julio (ver datos arriba; click para agrandar).
En cualquier caso, el cuerpo de teorías ligado a esta tradición comparte que, para que la pertenencia grupal sea considerada como relevantes a los fines del análisis, el individuo debe en alguna medida ser consciente de esa pertenencia (consciencia de su religión, de su clase, de su posición laboral, por ejemplo). Los estudios de esta perspectiva, desplegados en torno al seguimiento de campañas estadounidenses entre 1940 y 1950 (pioneros en la utilización de sondeos) interpretan que la influencia de los medios de comunicación en las campañas electorales es más bien escasa y que los mismos son más reforzadores que formadores de opinión; en cambio, son los citados determinantes estructurales del voto los que definen el proceso. Sin embargo, estos estudios son previos a la irrupción intensa del medio televisivo en las campañas electorales; asimismo, en la medida en que esa irrupción también converge con un marco sociológico de debilitamiento de otras referencias grupales tradicionales, como la familia, el trabajo, los sindicatos y asociaciones, existe un consenso en que el voto hoy está mucho más socialmente desalineado que cuando surgió este modelo teórico de elector. Subsisten ciertas generalizaciones descriptivas: por ejemplo, que en Argentina las clases bajas votan al peronismo (en el análisis de Fraga, a Daniel Scioli en tanto que candidato del FPV/PJ), pero sin ser explicativas en sentido determinista o absoluto, sino más bien probabilísticas, como lo plantea el sociólogo Manuel Mora y Araujo.
Para entender la creciente desalineación del electorado en términos socioeconómicos puede ser útil remitirnos a la actual campaña electoral en Estados Unidos, país donde surgió la tradición sociológica del voto. En la década del 80, los analistas políticos norteamericanos acuñaron la expresión “demócratas reaganianos”, para referirse a aquellos empleados de fábrica que votaban a progresistas del partido demócrata hasta los ’70, pero en los ’80 se pasaron al partido republicano (tradicionalmente más conservador). De cara a la próxima elección presidencial, ese perfil ha salido peor parado de la globalización, de la fuga de empleo industrial, y no siente que las administraciones demócratas hayan hecho gran cosa por ellos. Por contrapartida, el mensaje básico del magnate Donald Trump conecta con sus anhelos, en la medida en que les promete más proteccionismo para la industria y frenar la inmigración sin recortar la red social. Así, se observa un proceso de inversión de clases acelerado en la política estadounidense. Según Ronald Brownstein, desde 1960 se está produciendo “un desplazamiento de los trabajadores del Partido Demócrata al Republicano y, en paralelo, desde los ’80, el viaje inverso de los profesionales de cuello blanco de las filas conservadoras a las progresistas”. Las presidenciales de noviembre, según este analista, pueden acabar con los últimos vestigios de la afiliación de partido por criterio de clases que ha definido a la política americana desde Roosevelt.
En este marco, la conclusión a la que arriba Fraga resulta provocativa e intelectualmente estimulante aún matizando la linealidad del análisis de alineación electoral por nivel socioeconómico que le subyace: “la protesta contra el aumento de tarifas muestra que el Gobierno ha comenzado a perder apoyo en su propia base electoral, que es la clase media. Esta suba mostró limitaciones del Gobierno, al no prever el efecto de hacerlo justo cuando se inicia el frío y no advertir determinados pasos jurídicos previos que eran necesarios”. Ese distanciamiento relativo de la clase media tendría como efecto profundizar la ya asentada percepción de que la gestión presidencial de Mauricio Macri favorece a la clase alta en detrimento de las clases media y baja, creencia que a nivel nacional ya llega al 60,6% según la más reciente encuesta del CEOP (en las mediciones de Ibarómetro, la primer consultora en medir esta variable, esa respuesta alcanzó el 44,8% ya en febrero pasado, alcanzó el 51,1% en abril y trepó al 59,4% en junio). Esa creencia, asimismo, se insinúa como transversal por distrito, ya que se confirma incluso en aquellos que, como la provincia de Córdoba, acompañaron con contundencia a Macri tanto en la primera vuelta presidencial de octubre de 2015 como en el ballotage del 22-N: según la consultora Gustavo Córdoba, la percepción de que las políticas y el modo de pensar de Mauricio Macri favorecen a quienes más tienen pasó del 43% de junio pasado al 50,7% en julio (ver datos arriba; click para agrandar).
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