
Es un lugar común decir que las redes sociales ocupan hoy un gran protagonismo en la
opinión pública. Las últimas elecciones presidenciales de Estados Unidos contribuyeron a instalar cómo un uso exitoso de las mismas permite cimentar una campaña victoriosa (la de Barack Obama).
El gran potencial político o de campaña de las redes sociales está, creo, en dos usos: en primer término, el contagio, la "viralidad", que le puede permitir a un candidato darse a conocer en las redes sin necesidad de invertir cuantiosos recursos en los canales de difusión tradicionales (medios audiovisuales y gráficos). En segundo lugar, la posibilidad de sinergia o "feedback" entre el candidato y los electores: aquí el desafío es mayor, porque el político tiene que estar dispuesto a "escuchar" lo que se dice (aunque sean críticas o cuestionamientos) y a mantener cierta interactividad.
Sin embargo, las redes sociales también plantean límites: del mismo modo que sucede en el caso de una empresa o una marca, un mensaje de campaña que sea demasiado explícito en su tono de "venta" (propaganda de un candidato) corre el riesgo de ver menguada su credibilidad. Por otro lado, el uso de estas herramientas claramente tiene un sesgo, apunta a un segmento determinado: los usuarios que mantienen una relación con las tecnologías 2.0, que están asociadas a variables como el nivel socioeconómico y la distribución territorial. Y esto seguirá siendo así mientras la penetración de internet y de los accesos de banda ancha sea desigual a lo largo y a lo ancho de un país. Un candidato, una propuesta, también necesitan llegar a sectores que no son alcanzables vía internet y redes sociales, y respecto de los cuales tiene que tener una estrategia de contacto, ya sea vía medios masivos (TV, radios, diarios, etc.) o incluso "mano a mano" con movilizaciones y mitines.
Durante estos días se discutió extensamente qué pudo haber pasado con las encuestas en Colombia, que anunciaban un empate técnico entre el candidato oficialista Santos y el candidato "viral" opositor Mockus, cuando las urnas arrojaron que el primero duplicó en votos al segundo. Una primera línea de explicación que se deslizó fue que las encuestas no tomaron en cuenta el voto rural -en cualquier país, los sondeos se realizan en ciudades, y rara vez en el "interior profundo"- que favoreció ampliamente al candidato oficialista. Es evidente que, en general, el votante rural no es "alcanzable" a través de las herramientas de la web 2.0. Sin embargo, el comportamiento del electorado en las zonas urbanas también fue favorable a Santos, a pesar de que se consideraban plazas fuertes de Mockus. Con todo, si se tiene en cuenta que el partido de Mockus apenas figuraba en las encuestas 3 meses atrás, y hoy es la segunda fuerza política del país, el resultado es más que positivo, aunque no alcance para disputar exitosamente la segunda vuelta.
En nuestro país, de forma creciente vemos a los políticos argentinos utilizar -junto con su equipo de asesores-las herramientas de la política 2.0, colgando discursos en You Tube, dando a conocer posturas en su muro de Facebook y contando qué están pensando o haciendo en Twitter. En esta tendencia, se intuye una primera apuesta: incursionar en estas tecnologías permitiría llegar a segmentos del electorado fuertemente conectados con las mismas, especialmente nuevos electores y votantes jóvenes que concurren a las urnas por segunda o tercera vez a lo sumo. Pretensión legítima, por supuesto, e incluso podemos decir, condición necesaria de la política en la era de la Web 2.0. Pero condición necesaria no es condición suficiente.



