Otro elemento del escenario que
sigue prácticamente inalterado desde la entrada política anterior es la ausencia de una oposición que pueda
capitalizar el desgaste del oficialismo y los costos políticos en los que incurre
con frecuencia (a veces absurdos, o explicables justamente por la situación de
hegemonía electoral sin una oposición competitiva).
El radicalismo, la fuerza
nacional de mayor extensión (y la única que, de unificarse, podría negociar una
eventual reforma de la Constitución con el oficialismo), sigue profundamente
dividido entre alas acuerdistas en tensión (una más cercana al socialismo, y otros
en contraposición, al PRO) y la corriente más ortodoxa y celosa de mantener la
identidad radical (y refractaria, por eso, a los frentes electorales).
En cuanto a las fuerzas de carácter
más distrital, el PRO de Mauricio Macri se enredó en la discusión de candidaturas para economistas de perfil político pero extrapartidarios, como Martín Redrado y Roberto Lavagna, dos referentes que se
reivindican como peronistas y que no pueden más que despertar recelos entre los
cuadros que han hecho política siempre dentro del PRO. Consideremos, por caso,
que Redrado desmintió ir con la boleta PRO después de un anuncio en ese
sentido, mientras que Lavagna puede crearle a Macri un serio problema con
Gabriela Michetti en Capital Federal, ya que la ex vicejefa de gobierno desechó
competir en provincia de Buenos Aires para privilegiar su carrera política en
el distrito porteño, algo que sería lesionado si Lavagna fuera cabeza de lista
de Macri en la Capital. En provincia de Buenos Aires, el distrito electoral de mayor peso, Macri aún vacila respecto
a avanzar o no en un acuerdo con Francisco de Narváez (que tiene el antecedente de haber derrotado al kirchnerismo en las legislativas de 2009, pero hoy está detrás del oficialismo en las encuestas), mientras que en otros
distritos redobla su apuesta por extrapartidarios (Córdoba y Santa Fe, donde
obtuvo mayor rédito en la elección de gobernador con el ex Midachi Miguel del
Sel).
Por su parte, el Frente Amplio Progresista no logra capitalizar el segundo puesto obtenido por Hermes Binner en las
elecciones presidenciales de 2011 y viene de enredarse en una disputa detonada
por el deceso del presidente venezolano Hugo Chávez. El ex gobernador
santafesino declaró que de haber votado
en ese país lo hubiera hecho por el candidato conservador Henrique Capriles, mientras que otros referentes de ese espacio (como Claudio Lozano) remarcaron que la propuesta
del FAP no tiene nada que ver con la del MUD por la que fue (y será nuevamente)
candidato el joven gobernador del Miranda, esta vez compitiendo contra Nicolás Maduro. Más contemporizadora, Victoria Donda hizo de estas
diferencias un elogio de la diversidad (se entiende; se fotografió con Alfonso Prat Gay en pleno verano).
Para cerrar (por ahora) con una onda papal, sí parece
haber visos de “fumata blanca” entre Pino Solanas (Proyecto Sur) y Elisa
Carrió (Coalición Cívica), dos fuerzas que en la última presidencial estuvieron
al borde de la extinción y que apuestan a que el contexto de elecciones
legislativas los favorezca más que las ejecutivas que protagonizaron en 2011. Ya
hemos planteado en este blog que las elecciones legislativas de medio término
suelen ser más propicias para las figuras polémicas y críticas aunque carezcan
de experiencia y perfil de gestión que las elecciones de cargos como
presidente, gobernador o jefe de gobierno/intendente. Sin embargo, el desafío
que enfrentan ambas fuerzas es más el de la supervivencia que el de erigirse
como alternativa competitiva de gobierno, dado que arriesgan las bancas (6 la
Coalición Cívica y 3 Proyecto Sur) que obtuvieron en una elección que les fue
relativamente propicia, la legislativa del 2009 (cuando Solanas quedó segundo
detrás de Michetti en Capital y Carrió aún era aliada el socialismo y de la
UCR).